El síndrome de Estocolmo se presenta cuando una persona se ha identificado de manera inconsciente con su agresor/captor. Es un estado psicológico donde la víctima detenida en contra de su propia voluntad desarrolla una relación de complicidad con la persona que la ha secuestrado.
La mayoría de las víctimas que han sufrido secuestros hablan con desprecio, odio o indiferencia de sus captores.
De
hecho, un estudio con más de 1.200 personas en toma de rehenes
realizado por el FBI demostró que el 92% de las víctimas no desarrolló
el Síndrome de Estocolmo.
Sin embargo, hay una parte de ellas que muestra una reacción diferente hacia sus captores.
Características del Síndrome de Estocolmo
Cuando
una persona ha sido privada de libertad y retenida en contra de su
voluntad, permaneciendo en condiciones de aislamiento estimular y en
compañía exclusiva de sus captores, por supervivencia puede desarrollar un lazo afectivo hacia ellos.
Se
trata del conjunto de mecanismos psicológicos, los cuales permiten
formar un vínculo afectivo de dependencia de las víctimas hacia sus
captores, de modo que asumen las ideas, motivaciones, creencias o razones que emplean los secuestradores para privarlas de libertad.
Cabe destacar, asimismo, que el Síndrome de Estocolmo es un fenómeno psicopatológico que carece de entidad diagnóstica propia.
Por tanto, un aspecto a considerar es que no merece, según el criterio de muchos expertos, la denominación de “síndrome”.
Nunca
dicho fenómeno se ha caracterizado como un conjunto clínico de signos y
síntomas bajo una misma entidad para considerarse una categoría psicopatológica con diagnóstico diferenciado.
Por
tanto, dicho síndrome no aparece ni ha aparecido nunca en los
principales sistemas diagnósticos que utilizan los profesionales en la
práctica clínica:
- El Manual Diagnóstico y Estadístico de los trastornos mentales (DSM-5) de la Asociación Americana de Psiquiatría.
- La Clasificación Internacional de enfermedades (CIE-10) de la Organización Mundial de la Salud.
Las
manifestaciones del síndrome de Estocolmo pueden resultar más una
reacción y un comportamiento determinado ante una situación concreta y
no tanto un proceso psicopatológico como tal.
El
síndrome presenta signos y síntomas pero pese a ello, no están
agrupados bajo un mismo conjunto diagnóstico ni presenta un modelo
explicativo y descriptivo, de modo que sus explicaciones son hipótesis aisladas.
Todo
ello se debe probablemente a que se desconoce su naturaleza y que
además, los investigadores y diferentes autores han dedicado pocos
esfuerzos a estudiarlo e investigar sobre él.
Muchos de ellos, llegan incluso a dudar de su existencia y consideran que más bien se trata de un “mito”.
Asimismo,
muchos autores inciden en su baja tasa de incidencia y al suceder
únicamente durante secuestros o cautiverios, el posible número de casos disminuye.
Por todo ello, resulta complicado estudiar estos casos, lo que dificulta su observación clínica durante todo el proceso.
La
mayoría de los casos que son atendidos, lo hacen después de haber sido
liberados (obviamente) y son tratados por el psiquiatra y/o psicólogo especialista en psicología clínica y se suelen diagnosticar de Trastorno de Estrés Postraumático (TEPT).
En
este sentido, muchos investigadores argumentan que el Síndrome de
Estocolmo puede ayudar a explicar las conductas que han tenido
supervivientes de algunas situaciones dramáticas como:
- Mujeres maltratadas (Síndrome de Estocolmo doméstico)
- Niños abusados o maltratados física y emocionalmente
- Víctimas de incesto
- Prisioneros de guerra
- Miembros de sectas
- Situaciones de secuestro criminal
- Prisioneros en campos de concentración
- Relaciones de control e intimidación
- Prostitutas
El
estado psicológico que sucede tras situaciones de secuestro donde la
víctima acaba desarrollando un estado afectivo hacia el captor, se llama
por tanto “Síndrome de Estocolmo”.
Ha
recibido también otros nombres como “Síndrome de identificación de
supervivencia”, ocurriendo cuando la víctima percibe que al no haber
mostrado agresividad o no haberla matado debe mostrarse agradecida hacia él.
Historia del Síndrome de Estocolmo
En
agosto del año 1973 sucedió en la ciudad de Estocolmo una intención de
robo en una entidad bancaria. Varios delincuentes armados con
ametralladoras entraron en el banco.
Un
atracador llamado Jan-Erik Olsson se introdujo en el banco para cometer
un robo. Sin embargo, la policía rodeó el edificio impidiéndole huir.
Fue entonces cuando tomó como rehenes a varios empleados del banco durante varios días (alrededor de 130 horas).
Los
rehenes fueron tres mujeres y un hombre, quienes permanecieron atados
con dinamita en una cámara acorazada hasta que fueron rescatados.
Durante el secuestro habían resultado amenazados y llegaron a temer por su vida.
Cuando
fueron liberados, en las entrevistas mostraron que se encontraban de
parte de los secuestradores, llegando a temer a los agentes que los
liberaron. Pensaron que incluso los captores estaban protegiéndoles.
Algunas
de las víctimas desarrollaron lazos afectivos con el secuestrador
durante los días que duró su cautiverio, incluso llegando alguna a
enamorarse de él. Criticaron también al Gobierno de Suecia por no comprender qué había llevado a los ladrones a hacer aquello.
Se
solidarizaron con los ideales del captor y con los objetivos que le
movieron a realizar aquello, llegando más tarde una de ellas a
participar en otro secuestro que el captor organizó.
Probablemente
no se trata del primer caso, pero sí es el primer caso histórico que se
tomó como modelo para nombrar a este fenómeno.
El
Síndrome de Estocolmo fue nombrado por primera vez por Nils Bejerot
(1921-1988), que fue un profesor de Medicina especializado en
investigaciones adictivas.
Además, desempeñó un cargo de consultor de Psiquiatría de la policía en Suecia en el atraco del banco.
Síntomas del Síndrome de Estocolmo
Las
víctimas se comportan de manera característica y singular. Es una
reacción individual e idiosincrásica que no puede generalizarse.
Sin
embargo, su actuación responde a un mecanismo de defensa por parte de
la víctima, de manera que acaba identificándose con su secuestrador.
La
situación traumática y estresante vivida coloca a la víctima en una
posición pasivo-agresiva frente al captor, de manera que actúa de manera
defensiva a partir del instinto de supervivencia.
Hay
que tener en cuenta que el hecho de perder la libertad porque otro lo
impone acaba posicionando a las víctimas en una situación de
desequilibrio e inestabilidad.
Se colocan en una situación de incertidumbre que causa angustia, ansiedad y temor en la víctima. Las somete a su dependencia y condiciona su vida en todos los sentidos.
Dado
que las únicas situaciones posibles son rebelarse o aceptarlo y la
rebelión puede traer consecuencias desagradables, la opción menos mala
es la que puede llevar a la víctima al Síndrome de Estocolmo.
Las
reacciones que forman parte de dicho síndrome se consideran una de las
múltiples respuestas emocionales que un individuo puede presentar a raíz
de la vulnerabilidad e indefensión producida durante el cautiverio.
Es
una respuesta poco usual pero necesariamente ha de conocerse y
comprenderse, dado que muchas veces se ha tergiversado denominándola y
considerándola como una enfermedad.
Al
ser liberadas, la imposibilidad de identificarse como víctimas ante lo
sucedido y los sentimientos de comprensión hacia el captor muestra la
disociación propia de este fenómeno.
Suelen
sentirse agradecidas a sus captores, por lo vivido durante el
cautiverio, por no haberse comportado de manera agresiva con ellas y
acaban mostrándose simpáticas y agradables con ellos.
Al
no haberse comportado ‘cruelmente’ con las víctimas y el aislamiento al
que han estado sometidas, hace que éstas vean el mundo a través de los
ojos del captor y pueden incluso compartir intereses comunes después de pasar tiempo juntos. La víctima acaba desarrollando una dependencia emocional hacia él.
Suele
resultar algo que preocupa excesivamente a las familias de individuos
que han pasado por una situación de cautiverio y muchos se preguntan si
algunos sentimientos de gratitud hacia el captor forman parte de dicha sintomatología y el individuo está “enfermo”.
Si
durante el cautiverio alguien ha tenido algún gesto de ayuda hacia
ellos lo recuerdan especialmente porque bajo dichas circunstancias, los
gestos amables se reciben con alivio y gratitud.
Por
tanto, es un mecanismo defensivo inconsciente que tiene la víctima al
no poder responder a la situación de agresión en la que se encuentra, defendiéndose así de una situación que no puede ‘digerir’ y para evitar un shock emocional.
Comienza
a establecer un vínculo con el agresor y se identifica con él, lo
comprende, le tiene simpatía y le muestra cariño y agrado.
Se debe aclarar que es algo que la víctima siente y percibe y cree que es una forma de pensar lícita y razonable.
Son
las personas externas a ella quienes ven irracional los sentimientos o
actitudes que muestra para comprender y disculpar los actos de los
captores.
Otros
autores (como Meluk), señalan también que en algunas narraciones de
víctimas liberadas se mostró una gratitud hacia los secuestradores dado
que la situación que les hizo vivir les permitió crecer como personas.
Les
permitió modificar su personalidad, su sistema de valores, aunque no
justifiquen ni defiendan las motivaciones que llevaron a los
secuestradores a llevar tales acciones.
Es
importante destacar que el encubrimiento que puede realizar la víctima
no se debe al temor por las represalias, es algo más propio de la
esfera afectiva, de agradecimiento.
En
definitiva, aunque los expertos no se ponen de acuerdo en los rasgos
característicos, la mayoría coinciden en que hay algunas características
que son centrales:
1. Los sentimientos positivos de las víctimas hacia sus captores
2. Los sentimientos negativos de las víctimas hacia autoridades o la policía
3. La situación debe durar al menos unos días
4. Debe haber contacto entre víctimas y captores
5. Los captores muestran cierta bondad o no hacen daño a las víctimas
Además, las personas con Síndrome de Estocolmo tienen otros síntomas, similares a personas diagnosticadas de Trastorno de Estrés Postraumático: problemas de sueño como insomnio, dificultades de concentración, mayor capacidad de alerta, sensación de irrealidad, anhedonia.
Causas del síndrome de Estocolmo
Diferentes
teóricos e investigadores han intentado arrojar luz y explicar qué
ocurre en estas situaciones en las que, de modo paradójico, sucede
una relación entre una víctima y su captor. Se apela a claves afectivas y emocionales que suceden en una situación traumática.
En
la ciencia médica el síndrome es el conjunto de síntomas y signos
observados que presentan un origen desconocido, radicando aquí una de
las grandes diferencias con la enfermedad: el desconocimiento de cuál es la etiología.
En este sentido, el cerebro de la víctima recibe una señal de alerta y amenaza que comienza a propagarse y a recorrer el sistema límbico y la amígdala, regulando las funciones de defensa.
La
víctima mantiene el instinto de preservación ante la privación de
libertad, el aislamiento estimular y quedando sometido a los deseos de
una persona ajena.
De
este modo, la posibilidad de ‘seducir’ o manipular a su captor puede
darle la ventaja de ser desestimado como un objeto potencial de
torturas, maltrato u homicidio.
Otros
autores consideran que en el caso de la víctima, al tratar al
delincuente como un igual y no subordinándose a él, a través de empatía y negando su posición,
consigue transmitir simpatía, de modo que en el caso de tener que
deshacerse de la víctima, al captor le produce pena hacerlo.
Por
ejemplo, autores como Dutton y Painter (1981) argumentan que los
factores de desequilibrio de poder y la intermitencia bueno-malo es lo
que genera en una mujer maltratada el desarrollo de un lazo traumático que la une al agresor.
En
este sentido, la incertidumbre que se asocia a la violencia repetida e
intermitente puede ser un elemento clave para desarrollar el vínculo,
pero de ningún modo la única causa.
Es
bastante conocido que bajo ciertos estados emocionales se pueden
producir desencadenantes como sentimientos o comportamientos
característicos.
Algunos autores consideran que hay personas que tienen más vulnerabilidad a desarrollarlo, sobre todo las personas más inseguras y emocionalmente más débiles.
En
este caso, como consecuencia de la situación vivida, la víctima que ha
resultado secuestrada, a partir del miedo vivido se identifica con su
captor.
Hay
distintas situaciones donde los secuestradores llevan a cabo acciones
donde privan de libertad a otros individuos, las víctimas, y las someten
a un periodo de cautiverio, por ejemplo.
Hay
que destacar que el Síndrome de Estocolmo carece de modelos que
describan o expliquen su etiología y conformación desde una perspectiva psicopatológica.
Cuando
la víctima es liberada, puede presentar muestras que evidencian que
padece el síndrome como identificarse altamente con el captor, por
ejemplo.
Dentro
de las pocas teorías encontradas, podemos destacar los elementos de
identificación que propone el grupo de Graham de la Universidad de
Cincinnati (1995), a partir de una escala de evaluación de 49 ítems.
Alrededor
de dicha evaluación se sugieren distorsiones cognitivas y estrategias
de afrontamiento. A partir de ello, se detectan síntomas de este
síndrome por ejemplo en jóvenes cuyas parejas sentimentales cometen abusos contra ellas.
Todo
ello se enmarca dentro de una visión donde la situación lleva a la
víctima a presentar un “estado disociativo” donde niega el
comportamiento violento y negativo del secuestrador desarrollando un lazo afectivo hacia él.
No
obstante, cabe destacar que aunque puede valer para algunos procesos
que se implican en la situación no es de ningún modo una hipótesis clara
y explicativa sobre el origen y la naturaleza del proceso.
Así,
de modo tentativo, podemos argumentar que la víctima desarrolla un
modelo mental cognitivo y un anclaje al contexto que le permite
sobreponerse de esa situación, recuperar su equilibrio y poder protegerse ante la situación que ha experimentado (su integridad psicológica).
De este modo, se produce en la víctima una modificación cognitiva que le sirve para adaptarse.
Además,
para asentar las bases de un modelo etiológico explicativo, se
establecen algunas condiciones que se necesitan para que pueda aparecer
el Síndrome de Estocolmo:
1. La situación que lo desencadena requiere un rehén retenido (de manera excepcional podría darse en pequeños colectivos secuestrados).
2. Es preciso un aislamiento de estímulos, donde se introduce a la víctima en un entorno mínimo donde el secuestrador sea el referente de emergencia.
3. Corpus ideológico,
entendido como valores y cogniciones recubierto de un argumento
concreto bien político, religioso o social que fundamenta la acción que llevan a cabo los secuestradores.
Cuanto
más elaborado esté por parte del secuestrador, más probabilidad hay de
que se ejerza una influencia sobre el rehén y se propicie el Síndrome
de Estocolmo.
4. Que haya contacto entre secuestrador y víctima, de manera que ésta última perciba la motivación del secuestrador y se pueda abrir el proceso mediante el que se identifica con él.
5. Depende de los recursos de los que disponga la víctima, dado que no se desarrollará el síndrome si dispone de referentes de control interno bien asentados o de estrategias de afrontamiento o resolución de problemas adecuadas.
6. Por lo general, si tiene lugar la violencia por parte del secuestrador, la aparición del Síndrome de Estocolmo será menos probable.
7. La víctima, por otra parte, debe percibir expectativas iniciales de que hay riesgo para su vida, que van decayendo de manera progresiva según avanza a un contacto que percibe más seguro con el secuestrador.
Según
distintos expertos, es necesario que la víctima no se sienta agredida,
violentada o maltratada, porque entonces se desarrolla una barrera
defensiva que no les permite identificarse con los captores y aceptar su parte buena.
Asimismo,
bajo este marco suceden una serie de etapas durante el proceso. Se
parte de una situación de secuestro y se establece un modelo mediante el
cual se produce el cambio o evolución del estado psicológico de las víctimas.
Hay
que tener en cuenta las características individuales de las diferentes
personas, y por tanto que no todas reaccionarán de igual modo ni se
verán afectadas por todas las
reacciones ni en el mismo orden, presentándolo a modo de orientación
para construir una hipótesis explicativa.
Por
todo ello, el proceso general se puede dividir en fases funcionales que
coinciden, a grandes rasgos, con el modelo del Síndrome General de
Adaptación de Selye.
Además, no podría descartarse que en la base del comportamiento de la víctima se encuentre también una personalidad débil.
Por
ello, debido al miedo y la situación de amenaza que ha vivido durante
un tiempo prolongado durante el secuestro, esto no le permite afrontarlo
y lo hace de la manera descrita.
Además,
la víctima podría racionalizar lo ocurrido dando argumentos a lo
sucedido y justificando al secuestrador, defendiéndolo, realzando sus
cualidades, haciendo valoraciones de justicia social, etcétera.
En definitiva, para detectar y diagnosticar el Síndrome de Estocolmo se precisan dos condiciones:
1.
Que la persona haya interiorizado inconscientemente una identificación
alta en actitudes, comportamientos y creencias de los captores (casi
como si fueran propios).
2.
Las manifestaciones iniciales de agradecimiento y aprecio hacia los
captores se alarguen en el tiempo, incluso cuando la persona ya está
liberada y en sus rutinas diarias y sepa que el cautiverio ya ha finalizado.
Evaluación y tratamiento del Síndrome de Estocolmo
Las
víctimas del Síndrome de Estocolmo requieren de asistencia psicológica y
psiquiátrica para poder recordar y reelaborar la situación vivida, las consecuencias
que hayan podido derivarse de esa experiencia, así como trabajar con
los distintos mecanismos de defensa que la persona ha puesto en práctica.
Hay que tener en cuenta cómo funciona la memoria, que es selectiva y que sus huellas se modifican con el paso del tiempo.
A veces, tras ser la víctima liberada después de un periodo de tiempo, puede encontrar difícil separarse de su captor.
Puede pasar mucho tiempo hasta que la persona se recupere de las secuelas de la situación vivida.
Dado
que como ya hemos comentado anteriormente el Síndrome de Estocolmo no
es una categoría diagnóstica, nos referimos a un término descriptivo y
una manera de comportare ante una situación estresante y traumática vivida.
Muchos
de los profesionales que tratan con este tipo de víctimas diagnostican a
estos pacientes de algunos trastornos como Trastorno de Estrés agudo o Trastorno de estrés postraumático (TEPT) cuando los evalúan.
El
tratamiento utilizado es el mismo que el que se utiliza para el
tratamiento del TEPT, combinando la farmacoterapia con la psicoterapia.
Obviamente,
el tratamiento debe adaptarse a las características de la víctima. Si
ésta presenta inseguridad y baja autoestima, se trabajará para mejorar
su seguridad personal, la dependencia emocional y trabajar la reacción que presenta y las creencias e ideas que subyacen a ello.
Si en el paciente se observan síntomas de estrés postraumático o de depresión, se deberá trabajar con dicha sintomatología.
La
recuperación es buena y la duración depende de distintos factores como
pueden ser el tiempo que estuvo retenido en contra de su voluntad, su
estilo de afrontamiento, la historia de aprendizaje o la naturaleza de la situación vivida.
Por
último, cabe destacar que dicho fenómeno resulta bastante interesante
desde el punto de vista psicológico, de modo que los comportamientos que
subyacen a este “síndrome” deben
ser estudiados e investigados con más detalle por aquellas personas que
estudian la victimología, para poder arrojar un poco más de luz en todo lo que lo rodea.
Además,
desde el punto de vista social también es importante por los daños
colaterales que puede traer para la sociedad. El hecho de simular
olvidos, no reconocer a los agresores (voz, vestimenta, fisionomía…) puede dificultar las investigaciones



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